Vivian Maier, la niñera que pasó a la historia de la fotografía



Con una Rolleiflex primero y una Leica después, Vivian Maier retrató las calles y la vida cotidiana de Nueva York y Chicago y encerró en un almacén un legado que dos años después de su muerte ha entrado en la historia de la fotografía. San Sebastián acoge ahora 135 fotografías de esas imágenes de las cuales 30 no se han visto nunca.


Vivian Maier (1926-2009) constituye una figura "misteriosa", que vivió en la más absoluta soledad, sin amigos, sin amantes, sin raíces y plagada de "zonas oscuras", pero que dio la oportunidad de dar una nueva vida a su anónimo trabajo de fotógrafa "aficionada" dejando un archivo de más de 120.000 negativos que fueron descubiertos por casualidad en 2007. "Es una persona que tiene un sitio, sí o sí, en la historia de la fotografía".


Nacida en una familia difícil con un padre alcohólico y una madre que no se ocupaba de ella ni de su hermano, Vivian Maier pasó su juventud entre Estados Unidos y Francia, de donde era originaria su progenitora, y comenzó a hacer fotografías en los años 40, una actividad que se fue convirtiendo en obsesión. En 1952 compró su primera Rolleiflex con la que empezó retratando a los niños que cuidaba para poner su mirada después en otros personajes y situaciones que encontraba en su deambular por las calles de Nueva York.


En Chicago trabajó 17 años para la familia Gensbrug, que mucho tiempo después rescató de la calle en la que vivía a la que había sido niñera de la casa, una persona peculiar que utilizaba el baño para revelar fotografías. La causalidad hizo que el cineasta John Maloof comprara por 300 dólares el contenido del almacén que albergaba el trabajo de Maier, que terminó en una subasta porque su dueña no podía hacer frente al pago del alquiler del depósito.


El crítico e historiador de la fotografía Allan Sekula fue quien comprendió el alcance del descubrimiento al que el propio Malloof no dio demasiada importancia en un principio pero que poco después se convirtió en viral y se configuró como una de las historias "más fascinantes" de la fotografía.


Personas de barrios pobres, niños, trabajadores o la mirada de pocos amigos de señoras de clases sociales elevadas que eran captadas por la cámara de Maier constituyen una muestra de su habilidad con el retrato, "una forma que constituyó el pilar sobre el que buscó su identidad".


Era una mujer que se consideraba "ignorada por todos y por la sociedad" y la fotografía era su única vía para dejar constancia de que "estaba ahí", ha señalado Morin quien ha considerado que con su legado "dejó la puerta abierta" a que su trabajo pasara a la posteridad.


A partir de los años 60 Maier empezó a trabajar el color con una cámara Leica y elaboró pequeñas películas en color.